“Yo no lo llamaría plagio sino plagio inevitable, una
repetición inevitable”. Andrei Mihailescu
Julio nació en un palacio de la avenida La Limpia, frente al
antiguo hipódromo de La Limpia; un palacio con garages, jardines, piscina,
pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado
de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la
servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una
carroza que usó tu bisabuelo, Julio, cuando era Presidente de la República,
¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá,
que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la
sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julio, la
fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su
padre había muerto.
Su padre murió cuando él tenía año y medio. Hacía algunos
meses que Julio iba de un lado a otro del palacio, caminando y solito cada vez
que podía. Se escapaba hacia la sección servidumbre del palacio que era, ya lo
hemos dicho, como un lunar de carne en el rostro más bello, una lástima, pero
aún no se atrevía a entrar por ahí. Lo cierto es que cuando su padre empezó a
morirse de cáncer, todo en Versalles giraba en torno al cuarto del enfermo,
menos sus hijos que no debían verlo, con excepción de Julio que aún era muy
pequeño para darse cuenta del espanto y que andaba lo suficientemente libre
como para aparecer cuando menos lo pensaban, envuelto en pijamas de seda, de
espaldas a la enfermera que dormitaba, observando cómo se moría su padre, cómo
se moría un hombre elegante, rico y buenmozo. Y Julio nunca ha olvidado esa
madrugada, tres de la mañana, una velita a Santa Rosa, la enfermera tejiendo
para no dormirse, cuando su padre abrió un ojo y le dijo pobrecito, y la
enfermera salió corriendo a llamar a su mamá que era linda y lloraba todas las
noches en un dormitorio aparte, para descansar algo siquiera, ya todo se había
acabado.
Papá murió cuando el último de los hermanos en seguir
preguntando, dejó de preguntar cuándo volvía papá de viaje, cuando mamá dejó de
llorar y salió un día de noche, cuando se acabaron las visitas que entraban
calladitas y pasaban de frente al salón más oscuro del palacio (hasta en eso
había pensado el arquitecto), cuando los sirvientes recobraron su mediano tono
de voz al hablar, cuando alguien encendió la radio un día, papá murió.
Nadie pudo impedir que Julio se instalara prácticamente a
vivir en la carroza del bisabuelo-presidente. Ahí se pasaba todo el día,
sentado en el desvencijado asiento de terciopelo azul con ex-ribetes de oro,
disparándoles siempre a los mayordomos y a las amas que tarde tras tarde caían
muertos al pie de la carroza, ensuciándose los guardapolvos que, por pares, la
señora les había mandado comprar para que no estropearan sus uniformes, y para
que pudieran caer muertos cada vez que a Julio se le antojaba acribillarlos a
balazos desde la carroza. Nadie le impedía pasarse mañana y tarde metido en la
carroza, pero a eso de las seis, cuando empezaba ya a oscurecer, venía a
buscarlo una muchacha, una que su mamá, que era linda, decía hermosa la yukpa,
debe descender de algún indio noble, un yanomami, nunca se sabe.
La yukpa que podía ser descendiente de un yanomami, sacaba a
Julio cargado en peso de la carroza, lo apretaba contra unos senos
probablemente maravillosos bajo el uniforme, y no lo soltaba hasta llegar al
baño del palacio, al baño de los niños más pequeños, sólo el de Julio, ahora.
Muchas veces tropezó la yukpa con los mayordomos o con el jardinero que yacían
muertos alrededor de la carroza, para que Julio, Hugo Chávez o Raúl Amundaray
según el día, pudiese partir tranquilo a bañarse.
Y ahí en el baño empezó a despedirse de él su madre, dos
años después de la muerte de su padre. Lo encontraba siempre de espaldas,
parado frente a la bañera, desnudo con el pipí al aire pero ella no se lo podía
ver, contemplando la subida de la marea en esa bañera llena de cisnes, gansos y
patos, una bañera enorme, como de porcelana y celeste. Su mamá le decía
darling, él no volteaba, le daba un beso en la nuca y partía muy linda, mientras
la hermosa yukpa adoptaba posturas incomodísimas para meter el codo y probar la
temperatura del agua, sin caerse a lo que bien podía ser una piscina de Beverly
Hills.
Y a eso de las seis y media de la tarde, diariamente, la yukpa
hermosa cogía a Julio por los sobacos, lo alzaba en peso y lo iba introduciendo
poco a poco en la bañera. Los cisnes, los patos y los gansos lo recibían con
alegres ondulaciones sobre la superficie del agua calentica y límpida, parecían
hacerle reverencias. Él los cogía por el cuello y los empujaba suavemente,
alejándolos de su cuerpo, mientras la hermosa yukpa se armaba de toallitas
jabonadas y jabones perfumados para niños, y empezaba a frotar dulce,
tiernamente, con amor el pecho, los hombros, la espalda, los brazos y las piernas
del niño. Julio la miraba sonriente y siempre le preguntaba las mismas cosas;
le preguntaba, por ejemplo: «¿Y tú de dónde eres?», y escuchaba con atención
cuando ella le hablaba de La Villa del Rosario, de Machiques camino a la
sierra, un pueblo con muchas casas de barro. Le hablaba del alcalde, a veces de
brujos, pero se reía como si ya no creyera en eso, además hacía ya mucho tiempo
que no subía por allá. Julio la miraba atentamente y esperaba que terminara con
una explicación para hacerle otra pregunta, y otra y otra. Así todas las tardes
mientras sus hermanos, en los bajos, acababan sus tareas escolares y se
preparaban para comer.
Sus hermanos comían ya en el comedor verdadero o principal
del palacio, un comedor inmenso y lleno de espejos, al cual la yukpa hermosa
traía siempre cargado a Julio, para que le diera un beso con sueño a su padre,
primero, y luego, al otro extremo de la mesa, toda una caminata, el último
besito del día a su madre que siempre olía riquísimo. Pero esto cuando tenía
meses, no ahora en que solito se metía al comedor principal y pasaba largos
ratos contemplando un enorme juego de té de plata, instalado como cúpula de
catedral en una inmensa consola que el bisabuelo-presidente había adquirido en
Bruselas. Julio no alcanzaba la tetera brillantemente atractiva, siempre
probaba y nada. Por fin un día logró alcanzarla pero ya no aguantaba más en
punta de pies, total que no la soltó a tiempo y la tetera se vino abajo con
gran estrépito, le chancó el pie, se abolló, en fin, fue toda una catástrofe y
desde entonces no quiso volver a saber más de juegos de té de plata en
comedores principales o verdaderos de palacios. En ese comedor que, además del
juego de té y los espejos, tenía vitrinas de cristal, alfombra persa, vajilla
de porcelana y la que nos regaló el Presidente Delgado Chalbaud una semana
antes de que lo mataran, ahí comían ahora sus hermanos.
Sólo Julio comía en el comedorcito o comedor de los niños,
llamado ahora comedor de Julio. Aquí lo que había era una especie de Disneyworld:
las paredes eran puro Pato Donald, Caperucita Roja, Mickey Mouse, Tarzán,
Chita, Jane bien vestidita, Supermán sacándole la mugre probablemente a
Drácula, Popeye y Olivia muy muy flaca; en fin, todo esto pintado en las cuatro
paredes. Los espaldares de las sillas eran conejos riéndose a carcajadas, las
patas eran zanahorias y la mesa en que comía Julio la cargaban cuatro
indiecitos que nada tenían que ver con los indiecitos que la yukpa hermosa de La
Villa del Rosario le contaba mientras lo bañaba en Beverly Hills. ¡Ah!, además
había un columpio, con su silletita colgante para lo de toma tu sopita Julito
(a veces, hasta Juliocito), una cucharadita por tu mamá, otra por Cintita, otra
por tu hermanito Bobicito y así sucesivamente, pero nunca una por tu papito
porque papito había muerto de cáncer. A veces, su madre pasaba por ahí mientras
lo columpiaban atragantándolo de sopa, y escuchaba los horrendos diminutivos
con que la servidumbre arruinaba los nombres de sus hijos. «Realmente no sé
para qué les hemos puesto esos nombres tan lindos —decía—. Si los oyeras decir
Cintita en vez de Cinthia, Julito en vez de Julio, ¡qué horror!» Se lo decía a
alguien por teléfono, pero Julio casi no lograba escucharla porque, entre la
sopa que se acababa y el columpio que lo mecía abrazándolo como la planta del
sueño, poco a poco se iba adormeciendo, hasta quedar listo para que la yukpa
hermosa lo recogiera y se lo llevara a su dormitorio.
Pero, cosa que nunca sucedió cuando sus hermanos comían en
Disneyworld, ahora toda la servidumbre venía a acompañar a Julio; venía hasta
Nilda, la Selvática, la cocinera, la del olor a ajos, la que aterraba en su
zona, despensa y cocina, con el cuchillo de la carne; venía pero no se atrevía
a tocarlo. Era él quien hubiera querido tocarla, pero entonces más podían las
frases de su madre contra el olor a ajos: para Julio todo lo que olía mal olía
a ajos, a Nilda, y como no sabía muy bien qué eran los ajos, una noche le
preguntó, Nilda se puso a llorar, y Julio recuerda que ése fue el primer día
más triste de su vida.
Hacía tiempo que Nilda lo venía fascinando con sus historias
de la selva y la palabra Marhpat; eso
de que quedara en Madre de Dios especialmente, era algo que lo sacaba de quicio
y él le pedía más y más historias sobre las tribus calatas, todo lo cual dio
lugar a una serie de intrigas y odios secretos que Julio descubrió hacia los
cuatro años: Vilma, así se llamaba la yukpa hermosa de La Villa del Rosario,
atraía la atención de Julio mientras lo bañaba, pero luego, cuando lo llevaba
al comedor, era Nilda con sus historias plagadas de pumas y chunchos
pintarrajeados la que captaba toda su atención. La pobre Nilda sólo trataba de
mantener a Julio con la boca abierta para que Vilma pudiera meterle con mayor
facilidad las cucharadas de sopa, pero no; no porque Vilma se moría de celos y
la miraba con odio. Lo genial es que Julio se dio cuenta muy pronto de lo que
pasaba a su alrededor y resolvió el problema con gran astucia: empezó a
interrogar también a los mayordomos, a la lavandera y a su hija que también
lavaba, a Anatolio, el jardinero y hasta a Carlos, el chofer, en las pocas
oportunidades en que no había tenido que llevar a la señora a alguna parte y se
hallaba presente.
Los mayordomos se llamaban Celso y Daniel. Celso contó que
era sobrino del alcalde del municipio Colón, del Sur del Lago, en el estado
Zulia. Además, era tesorero del Club Amigos de Santa Bárbara, con sede en
Lince. Allí se reunían mayordomos, mozos de café, empleadas domésticas,
cocineras y hasta un chofer de la línea Lago Mall-Ziruma. Y como si todo esto
fuera poco, añadió que, en su calidad de tesorero que era del Club, le
correspondía el cuidado de la caja del mismo, y como el candado de la puerta
del local estaba un poco viejito, la caja la tenía guardada arriba en su
cuarto. Julio se quedó arrecho. Se olvidó por completo de Vilma y de Nilda.
«¡Enséñame la caja! ¡Enséñame la caja!», le rogaba, y ahí en Disneyworld, la
servidumbre en pleno gozaba pensando que Julio, propietario de una suculenta
alcancía a la que no le prestaba ninguna atención, insistiera tanto en ver,
tocar y abrir la caja del Club Amigos de Santa Bárbara. Esa noche, Julio tomó
la decisión de escaparse y de entrar, de una vez por todas, en la lejana y
misteriosa sección servidumbre que, ahora, además, ocultaba un tesoro. Mañana iría
para allá; esta noche ya no, no porque la sopa acababa de terminarse y el
columpio se iba poniendo cada vez más suave, la sillita voladora hubiera
alcanzado la luna, pero siempre sucedía lo mismo: Vilma lo sorprendía con sus
manos ásperas como palo de escoba y se lo llevaba a Fuerte Apache.
Fuerte Apache (así decía un letrero colocado en la puerta)
era el dormitorio de Julio. Allí estaban todos los vaqueros del mundo pegados a
las paredes, en tamaño natural y también parados en medio del dormitorio, de
cartón y con pistolas de plástico que brillaban como metal. Los indios ya
habían muerto todos para que Julio se pudiera acostar tranquilo y sin reclamar.
En realidad, en Fuerte Apache, la batalla había terminado y sólo el indio
Jerónimo, uno que despertaba las simpatías de Julio, como si eventualmente
fuera a amistar con Burt Lancaster, por ejemplo, sólo Jerónimo había
sobrevivido y continuaba parado al fondo del cuarto, pensativo y orgulloso.
Vilma adoraba a Julio. Sus orejotas, su pinta increíble habían
despertado en ella enorme cariño y un sentido del humor casi tan fino como el
de la señora Susan, la madre de Julio, a quien la servidumbre criticaba un poco
últimamente porque diario salía de noche y no regresaba hasta las mil y
quinientas.
Siempre lo despertaba. Y eso que Julio se dormía mucho después de que Vilma lo había dejado bien dormidito: se hacía el dormido y, en cuanto ella se marchaba, abría grandotes los ojos y pensaba regularmente un par de horas en miles de cosas. Pensaba en el amor que Vilma sentía por él, por ejemplo; pensaba y pensaba y todo se le hacía un mundo porque Vilma, aunque era medio blancona, era también medio india y sin embargo nunca se quejaba de andar metida entre todos los indios muertos que había ahí en Fuerte Apache; además, nunca había manifestado simpatía por Jerónimo, más bien miraba a Raúl Amundaray, claro que todo eso pasaba en los Estados Unidos, pero indios y mi dormitorio y Celso ése sí que es indio... Así hasta que se dormía, tal vez esperando que los pasos de mami en la escalera lo despertaran, ahí llega, sube. Julio escuchaba sus pasos en la escalera y sentía adoración, se acerca, pasa por la puerta, sigue de largo hacia su cuarto, al fondo del corredor donde murió papi, donde mañana iré a despertarla linda... Se dormía rapidito para ir a despertarla cuanto antes, siempre la despertaba.
Para Vilma era un templo; para Julio, el paraíso; para
Susan, su dormitorio, donde ahora dormía viuda, a los treinta y tres años y
linda. Vilma lo llevaba hasta ahí todas las mañanas, alrededor de las once. La
escena se repetía siempre: Susan dormía profundamente y a ellos les daba no sé
qué entrar. Se quedaban parados zamureando por la puerta entreabierta hasta
que, de pronto, Vilma se armaba de valor y le daba un empujoncito que lo ponía
en marcha hacia la cama soñada, con techo, con columnas retorcidas, con tules y
con angelitos barrocos esculpidos en los cuatro ángulos superiores. Julio
volteaba a mirar hacia la puerta, desde donde Vilma le hacía señas para que la
tocara; entonces él extendía una mano, la introducía apartando dos tules y veía
a su madre tal cual era, sin una gota de maquillaje, profundamente dormida,
bellísima. Por fin se decidía a tocarla, su mano alcanzaba apenas el brazo de
Susan y ella, que despertaba siempre viviendo un último instante lo de anoche,
respondía con una sonrisa dirigida a través de la mesa de un club nocturno, al
hombre que acariciaba su mano. Julio la tocaba nuevamente: Susan giraba dándole
la espalda y escondiendo la cara en la almohada para volver a dormirse, porque
durante un segundo acababa de regresar cansada de tanto bailar y no veía las
horas de acostarse. «Mami», le decía, atrevido, gritándole suavecito, casi
resondrándola en broma, envalentonado por las señas de Vilma desde la puerta. Susan
empezaba a enterarse de la llegada del día pero, aprovechando que aún no había
abierto los ojos, volvía a dirigir una sonrisa a través de la mesa de un club
nocturno e insistía en girar hundiéndose un poco más en el lado hacia el cual
se había volteado al acostarse cansada, la segunda vez que Julio la tocó;
luego, en una fracción de segundo, dormía íntegra su noche hasta que ella misma
dejaba que el eco del «mami», pronunciado por Julio, se filtrara iluminándole
la llegada del día, reapareciendo por fin en una sonrisa dulce y perezosa que
esta vez sí era para él.
—Darling —bostezaba, linda—, ¿quién se va a ocupar de mi
desayuno?
—Yo, señora; voy a avisarle a Celso que ya puede subir la
bandeja.
Susan terminaba de despertar cuando divisaba a Vilma, al
fondo, en la puerta. Ese era el momento en que pensaba que podía ser
descendiente de un indio noble, aunque blancona, ¿por qué no un yanomami?,
después de todo fueron catorce.
Julio y Vilma asistían al desayuno de Susan. La cosa
empezaba con la llegada del mayordomo-tesorero trayendo, sin el menor tintineo,
la tacita con el café negro hirviendo, el vaso de cristal con el jugo de
naranjas, el azucarerito y la cucharita de plata, la cafetera también de plata,
por si acaso la señora lo desea más cargado, las tostadas, la mantequilla
holandesa y la mermelada inglesa. No bien arrancaban los soniditos del
desayuno, el de la mermelada untada, el de la cucharilla removiendo el azúcar,
el golpecito de la tacita contra el platico, el bocado de tostada crocante, no
bien sonaban todos esos detalles, una atmósfera tierna se apoderaba de la
habitación, como si los primeros ruidos de la mañana hubieran despertado en
ellos infinitas posibilidades de cariño. A Julio le costaba trabajo quedarse
tranquilo, Vilma y Celso sonreían, Susan desayunaba observada, admirada,
adorada, parecía saber todo lo que podía desencadenar con sus soniditos. De
rato en rato alzaba la cara y los miraba sonriente, como preguntándoles: «¿Más
soniditos? ¿Jugamos a los golpecitos?»
Terminado el desayuno, Susan empezaba una larga serie de
llamadas telefónicas y Vilma partía con Julio rumbo al huerto, a la piscina o a
la carroza. Pero, por una vez, Julio no esperó que Vilma lo cogiera de la mano;
se le anticipó y salió corriendo detrás de Celso que bajaba con la bandeja.
«¡Enséñame la caja! ¡Enséñame la caja!», le iba gritando, mientras el otro se
le alejaba en la escalera. Por fin lo logró alcanzar en la cocina y el
mayordomo-tesorero aceptó mostrársela no bien terminara de poner la mesa,
porque sus hermanos ya no tardaban en llegar del colegio con hambre. «Vuelve en
un cuarto de hora», le dijo.
—¡Cinthia! —gritó Julio, apareciendo en el gran hall de la
escalera.
Como todos los días, Carlos, el chofer
negro-uniformado-con-gorra de la familia, acababa de traerlos del colegio y
ahora subían a saludar a su mamá.
—¡Orejitas! —exclamó Santiago, sin detenerse.
Bobby no volteó a mirar; en cambio Cinthia se había quedado
parada en el descanso de la escalera.
—Cinthia, Celso me va a enseñar la caja del Club de los
Amigos de Zan...
—Santa Bárbara —lo ayudó Cinthia, sonriente—. Ahorita bajo
para que me acompañes a almorzar.
Minutos después, Julio entró por primera vez en la sección
servidumbre del palacio. Miraba hacia todos lados: todo era más chiquito, más
ordinario, menos bonito, feo también, todo disminuía por ahí. De repente
escuchó la voz de Celso, pasa, y recordó que lo había venido siguiendo, pero
sólo al ver la cama de fierro marrón y frío comprendió que se hallaba en un
dormitorio. Estaba oliendo pésimo cuando el mayordomo le dijo:
—Esa es la caja —señalándole la mesita redonda.
—¿Cuál? —preguntó Julio, mirando bien la mesita.
—Ésa, pues.
Julio vio la que no podía ser. «¿Cuál?», volvió a preguntar,
como quien busca algo en la punta de su nariz y espera que le digan ¿no ves?,
¡ésa! ¡ahí! ¡en la punta de tus narices!
—Ciego estás, Julio; ésta es.
Celso se inclinó para recoger la lata de galletas de encima
de la mesa, se la alcanzó. Julio la cogió por la tapa, mal, se le destapó la
lata: un montón de billetes y monedas sucias le cayeron sobre el pantalón y se
regaron por el suelo.
—¡Este niño! Lo que has hecho... ayúdame.
—…
—Apúrate, tengo que servirle a tus hermanos...
—Tengo que acompañar a Cinthia.
Cinthia también tenía su ama, como Julio tenía a Vilma, pero
no era hermosa sino gorda y buena; gorda, buena, antigua, vieja, responsable y
canosa. Julio se pasaba la vida haciéndole la misma pregunta y ella nunca sabía
como respondérsela.
—Mamá dice que eres una de las pocas mujeres del pueblo con
canas, ¿por qué?
La pobre Bertha, buenísima como era, hizo todo lo
humanamente posible por averiguar y un día se apareció con la respuesta.
—Entre la gente pobre el índice de mortalidad es más alto
que entre la gente decente y bien.
Julio no le entendió ni papa, pero retuvo la frase
probablemente en el subconsciente porque un día, siete años más tarde, le vino
así igualita, con sus errores y todo, mientras se paseaba en bicicleta por el
Club de Polo. Ahí sí que la comprendió.
Pero entonces hacía también siete años que Bertha había
muerto. Bertha se murió un día, una calurosa tarde de verano. Habían vaciado la
piscina y estaba sentada en un sillón esperando que Cinthia viniera para
escarmenarla y refrescarla con borbotones de agua colonia que ella jamás dejó
que le entraran a sus ojitos. Lo mismo había hecho treinta años atrás con la
niña Susan, hasta que la mandaron a estudiar a Inglaterra, y luego cuando
regresó, hasta que se casó con el señor Santiago y empezaron a nacer los niños.
Cinthia apareció corriendo, sofocada, gritándole ¡aquí estoy mama Bertha!, pero
la pobre acababa de morir por lo de la presión tan alta que siempre la había
molestado. Antes de sentirse a la muerte, tuvo la precaución de poner el frasco
de agua colonia en lugar seguro para que no se fuera a caer; escogió el suelo
porque era lo más cercano, al ladito puso el peine de Cinthia, cuya voz logró
escuchar, y su escobita.
Cinthia insistió en que la vistieran de luto y le anduvo
rogando a su mamá para que le comprara una corbata negra a Julio.
—¡No! ¡Por nada de este mundo! —exclamaba Susan linda—. ¡Me
van a arruinar al pobre Julio! Bastante tengo con verlo revolcarse todo el día
en el huerto. Además se pasa todo el día con la servidumbre. ¡Por nada de este
mundo!
Pero después se marchaba oliendo delicioso y ya no regresaba
hasta las mil y quinientas. Fue así que, de repente, Julio se le apareció
incomodísimo y con el cuellito irritado, pero decidido a no quitarse la corbata
esa de tela negra y ordinaria ni por todas las propinas del mundo. ¿Cuál de los
dos mayordomos se la dio? Eso es algo que mamá, por más linda que fuera, nunca
llegó a saber. Con la corbata colgándole mucho más abajo del rache, Julio
seguía a Cinthia por todo el palacio porque con ella se sufría mejor por la
muerte de Bertha. El lío era cuando se iba al colegio porque le entraban ganas
de jugar en el huerto o en la carroza, y ya la otra tarde se había descubierto
quitándose la corbatota porque el cuello le sudaba a chorros de tanto disparar
contra los indios. Felizmente en ese instante llegó Cinthia; no bien la vio, Julio
recordó el duelo y empezó a ajustarse la corbata al mismo tiempo que bajaba de
la carroza muy compungido.
Más que nunca, ahora, porque Cinthia acababa de descubrir
las fotografías del entierro de papá y había empezado a relacionar. Susan,
linda, se quejaba: era indecible lo que esa criaturita la hacía sufrir, la
torturaba con sus nervios, es hipersensible, Baby, le contaba a una amiga, me
vuelve loca con sus preguntas... ¡Y Julio vive prendido de ella! ¡Pendiente de
que llegue del colegio! Ya le he dicho a Vilma que trate de separarlos,
¡inútil! Vilma vive enamorada de Julio, todos en esta casa. Lo que Susan no
contaba es que Cinthia la traía loca con lo de papá, ¿por qué, mami?, mami, yo
me escapé, yo vi por la ventana, ¿por qué a pápi se lo llevaron en un Cadillac
negro con un montón de negros vestidos como cuando papi iba a un banquete en
Palacio de Gobierno?, ¿por qué, mami?, ¿ah?, ¿mami? Horas se pasaba diciéndole
yo sé, mami, yo vi cuando se llevaban a papá, me han contado también. Y es que
entonces no se daba muy bien cuenta pero ahora de pronto se acordaba y
relacionaba con la manera en que se llevaron a Bertha, en una ambulancia mami,
por la puerta falsa. Pero ahí se atracaba y titubeaba y es que no encontraba
las palabras o la acusación para expresar la maldad ¿de quién? cuando se
llevaron a Bertha por la puerta falsa, bien rapidito, como quien no quiere la
cosa.
Julio presenciaba el asedio de su madre. Mientras Cinthia
preguntaba, él permanecía inmóvil, con las orejotas como alfajores-voladores,
las manos pegaditas al cuerpo, los tacos juntos, pero las puntas de los pies
bien separadas como un soldado distraído en atención. El asedio tenía lugar en
el baño que usó su padre. Ahí estaban aún sus frascos; no los habían movido:
ahí estaban sus lociones, sus cremas de afeitar, sus navajas, hasta su jabón se
había quedado ahí y su escobilla de dientes. Todo a medio usar, para siempre.
«Parece que fuera a venir», le dijo un día Cinthia a Julio, pero no por eso se
olvidaba de Bertha.
—Julio, limpia bien tu corbata negra —le dijo, otro día.
—¿Porqué?
—Mañana por la tarde vamos a enterrar a Bertha.
Al día siguiente, Cinthia regresó muy nerviosa del colegio.
No bien saludó a su mamá le dijo que no tenía tareas que hacer y corrió a
buscar a Julio que estaba jugando con Vilma en el huerto. El pobre no había
pegado los ojos en toda la noche. Toda la tarde la había estado esperando y, no
bien la vio aparecer, corrió a su encuentro. Cinthia lo cogió de la mano y él
la siguió como siempre en esos días. Vilma venía detrás. Cinthia lo llevó hasta
su dormitorio y le pidió que la esperara afuera mientras se cambiaba el
uniforme. Salió linda pero toda vestida de negro; desde la muerte de Bertha se
vestía siempre de negro, menos cuando iba al colegio. Susan ya no hacía nada
por evitarlo. Lo llevó de la mano hasta el baño y le lavó la cara con amor.
Entonces le dijo que lo iba a peinar y que quería humedecerle el pelo. Julio
aceptó que lo bañaran en agua colonia y se dejó peinar; también dejó que ella
le anudara nuevamente la corbatota negra, a pesar de que Vilma podía resentirse
porque era ella quien se la amarraba siempre con un estilo muy suyo. Unas gotas
de colonia se deslizaron por el cuello de Julio, ¡cómo le ardió!, las lágrimas
le saltaron a los ojos, tanto que Cinthia le preguntó si quería que le cambiara
de corbata, pero él le dijo que no y luego sintió lo que uno siente cuando
grita ¡por nada!, al ver que Cinthia sonreía aliviada, porque sin corbata negra
no podía asistir al entierro. Del baño lo llevó nuevamente de la mano hasta su
dormitorio y ahí se puso a llorar, ante la cara de espanto de Vilma que los
seguía siempre silenciosa, como si estuviera de acuerdo con todo, aun con lo
que estaba viendo: siempre llorando, Cinthia abría un cajón de su cómoda y
sacaba una caja. Julio la miró aterrado; sabía que iban a enterrar a Bertha,
pero ¿cómo? Cinthia destapó la caja y les enseñó el contenido. Vilma y Julio
soltaron el llanto al ver el peine, la escobita y el frasco de colonia con que
Bertha le limpiaba diariamente el pelo, un mechoncito también de Cinthia, de
cuando te cortaron tu pelito la primera vez. Se fueron los tres llorando hacia
los bajos. Cinthia había cerrado la caja y la llevaba a la altura de su pecho,
cogida con ambas manos, mientras atravesaban el jardín de la piscina, rumbo al
huerto. Julio se quedó sorprendido al ver que en el camino se les unían Celso,
Daniel, Carlos, Arminda, su hija Dora y Anatolio. Hasta Nilda apareció, que en
esos días andaba en muy malas relaciones con Vilma, siempre por causa de Julio.
Los habían estado esperando, Cinthia lo había organizado todo, también era idea
suya el que se vistieran cuando menos de oscuro, y ahí estaban ahora,
pidiéndole que se apurara, por favor, niñita, la señora nos va a pescar. Los
mayordomos, sobre todo, le pedían; Carlos, el chofer, acompañaba entre
sonriente y respetuoso, la quería mucho a la niñita Cinthia. Por fin encontraron
el lugar apropiado para que Anatolio abriera el hueco donde iban a depositar la
caja con el peine, la escobita y el último frasco de agua colonia que usó
Bertha. Terminó su pequeña excavación y ahí sí que todos soltaron el llanto, al
pobre Julio la corbata le ardía como nunca y los mocos le colgaban hasta el
suelo. ¡Qué triste era todo! Y por qué ni él ni nadie se espantó sino que todos
la quisieron más cuando Cinthia se sacó la medallita de platino que le colgaba
del cuello y la enterró también. Por turno, Cinthia y Julio primero, fueron
echando un poquito de tierra; esa última parte fue idea de Nilda. Luego todos
se escaparon, menos Carlos que caminó serio a tomar su té de las seis.
Una semana más tarde, Susan trató de regañar a Cinthia por ser
tan descuidada, por haber perdido la medallita de platino que ¿te regaló?...
pero en ese instante se le olvidó completamente quién se la había regalado y en
cambio recordó que en estos días andaba más tranquilita, y ahora que se fijaba,
hace por lo menos una semana que no se pone el traje negro.
—¿Y usted?
Se abalanzó sobre Julio, paradito ahí con las puntas de los
pies separadísimas, volvió a sentir esa necesidad de que fuera un bebé y, en
vez de decirle usted ya tiene cinco años, a usted ya deberíamos ponerlo en el
colegio, le dio un beso oliendo delicioso.
—Mami está apurada, darling —dijo, volteando a mirarse en un
espejo.
Luego se inclinó para que ellos alcanzaran sus mejillas, un
mechón lacio, rubio, maravilloso se le vino abajo como siempre que se
inclinaba, los enterró entre sus cabellos: Cinthia y Julio dejaron sus besos
ahí, guardaditos, protegidos, para que le duren hasta que vuelva.



3 comments:
Saludos eutrapélicos.
Estoy de nuevo en la brecha.
Veo que sigue en activo y me alegro. Un abrazo.
Caramba, mi estimado Enrique, qué agradable sorpresa. Es bueno saber que está de vuelta. Yo tengo esto muy descuidado. Justo en estos días recordaba los inicios del blog y nuestros intercambios. Espero que la cosa continúe (para ello tengo que disciplinarme, claro; Venezuela me distrae mucho).
Saludos eutrapélicos.
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